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Canarias y el petróleo

Las Islas Canarias han estado en el centro del debate energético en España durante la última década por su geología con potencial. La clave está en la geología. Y ahí, el diagnóstico es claro: existe un sistema petrolífero, pero no ha demostrado ser viable desde el punto de vista económico.

A diferencia de otras zonas de la península, Canarias no se asienta sobre una cuenca sedimentaria clásica. Las islas son de origen volcánico, formadas por un punto caliente en el Atlántico. El interés petrolífero no está bajo el archipiélago, sino en el margen continental africano, al este, frente a las costas de Marruecos. Es ahí donde se localizan las estructuras geológicas con potencial.

En esa zona, el subsuelo presenta características que, en teoría, permiten la generación de hidrocarburos. Existen indicios de rocas madre —formaciones ricas en materia orgánica— que, sometidas a presión y temperatura durante millones de años, pueden generar petróleo. Este es el primer requisito de cualquier sistema petrolífero, y en Canarias parece cumplirse.

El siguiente elemento es la roca almacén, donde el petróleo debe acumularse. En este caso, los modelos geológicos apuntan a areniscas profundas y, en menor medida, a formaciones carbonatadas. Aquí empiezan las dudas. La calidad de estos reservorios —su porosidad y permeabilidad— no es homogénea y, en algunos casos, resulta insuficiente para albergar volúmenes significativos de crudo.

También existen estructuras que podrían actuar como trampas geológicas, es decir, configuraciones del subsuelo capaces de retener el petróleo. Fallas, pliegues y cambios en la disposición de los sedimentos ofrecen ese potencial. Sin embargo, la presencia de trampas no garantiza por sí sola la existencia de yacimientos explotables.

La prueba definitiva llegó con los sondeos realizados en 2014 y 2015. Los pozos exploratorios, conocidos como Sandía-1 y Chirimoya-1, confirmaron algunos de los supuestos geológicos, pero también evidenciaron sus limitaciones. No se encontraron acumulaciones de petróleo o gas en cantidades comercialmente viables.

Los resultados apuntan a un problema habitual en exploración: el sistema petrolífero funciona de forma incompleta. Puede haber generación de hidrocarburos, pero fallan otros elementos clave. En el caso de Canarias, los expertos señalan tres factores principales. Primero, la calidad irregular de las rocas almacén. Segundo, posibles fallos en la migración del petróleo hacia las trampas. Y tercero, una falta de sincronización entre la formación de estas trampas y la generación de hidrocarburos.

En términos prácticos, esto significa que el petróleo, si se generó, no quedó atrapado en condiciones adecuadas para su explotación. O bien se dispersó, o bien nunca llegó a concentrarse en volúmenes suficientes.

A esta incertidumbre geológica se suma el elevado coste de operar en aguas profundas y un entorno regulatorio exigente. El resultado es una ecuación poco atractiva para la inversión.

Con todo, Canarias no puede considerarse una zona estéril desde el punto de vista petrolífero. Forma parte de un margen continental —el africano— donde sí existen descubrimientos relevantes en países cercanos. La diferencia está en los detalles geológicos, esos que determinan si un sistema petrolífero pasa de ser una hipótesis a convertirse en un activo económico.

Por ahora, el caso de Canarias se mantiene en el terreno de la exploración fallida. Hay geología, pero no hay negocio. Y en la industria del petróleo, esa es la única frontera que realmente importa.

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