La minería es una pieza base de la economía global porque provee los materiales sin los cuales no existe industria moderna, infraestructura ni transición energética
Su importancia se ve en varias capas:
Insumos fundamentales: minerales y metales alimentan casi todas las cadenas productivas: construcción (acero, cemento, áridos), transporte (aluminio, acero, PGM), energía (cobre, uranio, silicio), electrónica y digitalización (cobre, oro, estaño, tierras raras, litio, níquel, cobalto), agricultura (fosfatos, potasa). Cada dólar de producción minera habilita varios dólares de valor en manufactura y servicios.
Motor de inversión y empleo: es intensiva en capital y genera empleos directos bien remunerados e indirectos en proveedores, logística y servicios. En muchos países mineros su contribución al PIB, exportaciones y recaudo fiscal es decisiva, financiando gasto público e infraestructura.


Balanza comercial y divisas: metales y minerales son grandes rubros de exportación para economías emergentes y desarrolladas, estabilizando cuentas externas. La volatilidad de precios de commodities puede, eso sí, transmitir choques a esas economías.
Seguridad y resiliencia de cadenas de suministro: la disponibilidad y el “origen responsable” de minerales críticos es estratégica para sectores como automoción, electrónica, defensa y energía. La geopolítica (concentración de reservas/refinado en pocos países) ha elevado el foco en asegurar suministro y trazabilidad.
Transición energética y descarbonización: electrificación y renovables requieren grandes cantidades de cobre, níquel, litio, cobalto, grafito y tierras raras. Sin expansión responsable de la oferta y mejoras en reciclaje, la transición se encarece y ralentiza.
